viernes, 23 de abril de 2010

¡GRACIAS A DIOS QUE ES VIERNES!

Se lo dije con el tono más empático que pudo salirme en ese momento. Porque el relato de lo agotadora que había resultado su semana parecía dispuesto a apoderarse de toda mi energía. Me dio la razón. Agradeció la llegada del viernes. A mi francamente hace tiempo que me da igual un viernes o un martes. Pero la sociedad parece juzgarte si no recibís con alegría y agitando una matraca la llegada del fin de semana.

Me gustan mucho los indicadores. Me cuesta confiar en la gente. No confío en el que se molesta en defenderse. No confío en quien se vanagloria del carácter ideal de su pareja. Definitivamente no le creo a aquellos que viven quejándose de que no tienen un minuto libre.

Vuelvo a pensar en este tema de haber dejado de medir el tiempo en semanas. Reformulo mi teoría. Reconozco la existencia del fin de semana. Y lo odio. Porque me hace odiar. A la gente inactiva. A la gente inactiva que se avergüenza de su inactividad. Y de su vida. Y es el fin de semana el único momento en el que no pueden alegar falta de tiempo libre. Y aún así lo hacen. Y a mi me exaspera.

Tengo una sinceridad particular. Extrema. Violenta. Y uso casi siempre un tono bastante agresivo y tajante. Por eso le caigo mal a la mayoría de las personas que me conocen.

Mi sentimiento hacia esta persona comenzó como admiración. Luego cariño fraternal. Luego indiferencia. Luego pena. Hoy es asco. Asco de cómo la ausencia total de amor propio la llevó primero a una vida de autodestrucción y marginalidad para luego esparcir su veneno sin respeto por nada ni por nadie. Asco de verla como desde una cama, sea martes o sábado, sea de día o de noche, siempre comiendo, alegar cansancio. Alegar no poder dejar de trabajar. Y criticar gente. Gente hermosa. Gente con metas cumplidas. Y metas por cumplir. Gente que se quiere. Y que supo quererla. Y no se dejó. Y entre bocado y bocado les mordió el cuello. Sin efecto. Porque la gente hermosa es inmune al veneno.


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